Hola, lectores. Si me siguen, saben que me encanta compartir mis aventuras de senderismo, normalmente cargadas de kilómetros y desniveles. Pero hoy les traigo una historia diferente: la aventura que tuve con mi abuela, Teresa, de 78 años, en una ruta que elegí cuidadosamente para que fuera "apta para todos los públicos".
La ruta en cuestión, el Sendero de las Cascadas Menores, es plana, corta y pavimentada en su mayoría. Yo pensé: "Perfecto, un paseo agradable. Mi abuela estará encantada y yo me sentiré como el nieto modelo."
Qué ingenuo fui.
La Planificación Versus la Realidad 🧭
Mi planificación, como siempre, fue exhaustiva. Le recordé tres veces que usara sus zapatillas más cómodas, le empaqué agua, una manzana en rodajas y hasta un pequeño asiento plegable.
Al llegar al sendero, que yo planeé recorrer en unos 45 minutos (ida y vuelta), ella se detuvo inmediatamente, a cinco metros del coche.
"Mira qué flores tan bonitas, hijo," dijo, señalando unas pequeñas flores silvestres moradas que yo habría pisado sin mirar.
Y así comenzó la jornada.
Mi abuela no caminaba; ella paseaba y observaba. Mientras yo intentaba marcar un ritmo constante, ella se detenía cada veinte pasos. No para recuperar el aliento, sino para examinar las texturas de la corteza de los árboles, los líquenes en las rocas y el juego de luces en el agua.
El Desafío de la Distancia Cero ⏱️
Mi ansiedad interior crecía. ¿No se supone que esto debe ser un ejercicio? ¿Un avance? Sentía la necesidad de "llegar" a la famosa cascada. En mi cabeza, estábamos "fallando" porque nuestro tiempo por kilómetro era lamentable.
De repente, ella se rio.
"¿Qué te pasa? Estás caminando como si tuvieras que llegar a firmar unos papeles importantes," me dijo.
Le expliqué, con un tono condescendiente, que el objetivo era completar la ruta. Ella simplemente me miró con esa sabiduría tranquila que solo se adquiere con siete décadas de experiencia.
"El objetivo, mi niño," me corrigió, "no es la cascada. Es el camino. Si solo miras el destino, te pierdes todo esto." Señaló un banco de madera cubierto de musgo.
La Lección de la Abuela 💖
Nos sentamos en ese banco. La cascada todavía estaba a unos buenos 15 minutos de caminata (¡media hora a su ritmo!).
Ella no me dio un sermón, solo me dio un ejemplo. Me obligó, con su simple presencia, a bajar tres tonos mi ritmo cardíaco y mental. Al sentarme, pude oler la tierra húmeda, escuchar el verdadero sonido del arroyo y, sí, por fin, apreciar esas pequeñas flores moradas.
Me di cuenta de que mi abuela no estaba haciendo una actividad; estaba viviendo la naturaleza. Yo, en cambio, estaba tratando de consumir la ruta lo más rápido posible.
El Veredicto del Sendero 🌟
Finalmente llegamos a la cascada. Fue bonita, sí, pero el momento que atesoré no fue la foto en el mirador, sino esa hora de "tiempo perdido" en el banco.
Volvimos al coche después de casi dos horas y media de una ruta que me habría tomado 50 minutos solo. Pero por primera vez, no sentí que había perdido el tiempo, sino que lo había ganado.
Si tienen la oportunidad de llevar a sus abuelos o a cualquier persona que no esté obsesionada con el reloj, háganlo. No será un desafío físico, será un desafío mental a su necesidad de prisa. Y probablemente, será una de las caminatas más ricas y memorables de su vida.




